Lun. May 25th, 2026

Si cierro los ojos y pienso en un querubín, lo primero que veo es un bebé regordete con mejillas sonrosadas, dos alas blancas y quizá un arco y una flecha. Esa imagen está tan arraigada en nuestra cultura que parece imposible que sea errónea. Pero la Biblia describe algo muy, muy distinto.

Hace unos meses, una lectora me escribió al correo del blog con una pregunta que me hizo replantearme muchas cosas: «¿Por qué los querubines de la iglesia de mi pueblo son bebés alados, cuando en la Biblia parecen monstruos de cuatro caras?» No supe responderle en ese momento. Tuve que volver a los textos originales, comparar traducciones y hablar con un profesor de Historia del Arte. Lo que descubrí me sorprendió.

Lo que la Biblia dice realmente

El pasaje más detallado sobre el aspecto de los querubines está en el libro de Ezequiel, capítulo 1 y 10. No es una lectura cómoda. El profeta describe una criatura que poco tiene que ver con la dulzura de los putti renacentistas:

«Su aspecto era el de un ser humano, pero cada uno tenía cuatro rostros y cuatro alas […] Sus rostros eran: un rostro de hombre, un rostro de león a la derecha, un rostro de buey a la izquierda y un rostro de águila.» (Ezequiel 1, 5-6; 10, 14)

Cuatro caras. Cuatro alas. Patas de becerro. Manos humanas bajo las alas. Y, lo más perturbador para nuestra sensibilidad moderna: «sus alas se tocaban unas a otras» mientras volaban en formación perfecta, sin desviarse ni un centímetro.

No hay bebés. No hay mejillas regordetas. No hay arcos de Cupido. Hay una criatura tetramorfa —cuatro formas en una— que representa la soberanía divina sobre toda la creación: el hombre (lo racional), el león (lo fuerte), el buey (lo servil/sacrificial) y el águila (lo celestial).

Entonces, ¿sí tienen alas?

Sí, pero no las que imaginamos.

Las alas bíblicas de los querubines no son delicadas plumas blancas de paloma. En Ezequiel 1, 11 se describe que «sus alas estaban extendidas hacia arriba» y que bajo ellas había manos humanas. En Éxodo 25, 20, los querubines del Arca de la Alianza tenían las alas extendidas «cubriendo con ellas el propiciatorio».

Es decir: las alas eran funcionales, protectoras, imponentes. No decorativas. No estéticas. Su propósito era cubrir y custodiar la presencia de Dios, no servir de adorno en un fresco.

¿De dónde salió el bebé alado?

Esta es la pregunta que realmente me obsesionó durante mi investigación. Si la Biblia describe criaturas aterradoras, ¿cómo terminamos con angelitos en las tarjetas de San Valentín?

La respuesta tiene tres capas:

1. La traducción visual del arte paleocristiano

Los primeros cristianos no representaban a los querubines literalmente. Temían el paganismo y evitaban imágenes. Cuando el arte religioso floreció tras la legalización del cristianismo (siglo IV), los artistas buscaron un lenguaje visual que el público entendiera. Tomaron prestado el Eros grecorromano —el dios del amor, siempre representado como un niño alado— y lo bautizaron como «querubín».

No era un error de traducción. Era una estrategia de evangelización: usar una imagen familiar para transmitir una idea nueva.

2. El Renacimiento y la domesticación del sagrado

Miguel Ángel, Rafael, Botticelli… Todos pintaron putti —esos niños desnudos y alados— como querubines. Pero aquí hay un mato importante: los artistas renacentistas sabían que no eran representaciones bíblicas fieles. Eran alegorías. El putto representaba la inocencia, la pureza, el amor divino desprovisto de lujuria.

El problema es que el público no entendió la distinción. Para la gente común, el putto era el querubín. Y durante siglos, la Iglesia no lo corrigió porque, seamos honestos, resultaba más atractivo para la devoción popular que una criatura de cuatro caras y ojos por todas partes.

3. La cultura popular y la mercantilización

Desde los años cincuenta, los querubines se convirtieron en decoración. Figuritas de porcelana, tatuajes cursis, sellos de correos, peluches. La imagen del bebé alado es fácil de vender, fácil de entender, inofensiva. La criatura de Ezequiel no vende tarjetas de felicitación.

La paradoja teológica

Aquí viene lo que más me costó digerir: la Iglesia Católica sabe que la representación popular es inexacta, pero la mantiene.

Hablamos de una institución que durante siglos reguló hasta el grosor de las columnas en sus templos. ¿Por qué tolera —y en ocasiones promueve— una imagen tan alejada de las Escrituras?

La respuesta que me dio el profesor de Historia del Arte fue reveladora: «La teología católica distingue entre la esencia y la apariencia. El querubín bíblico es una visión profética, un intento de describir lo indescriptible. El putto renacentista es una metáfora visual. Ninguno pretende ser fotográfico.»

Es decir: para la teología oficial, ambas representaciones son válidas porque ambas son inadecuadas. Ninguna imagen puede capturar la naturaleza de un ser espiritual. El bebé alado simboliza la inocencia angelical; la criatura de Ezequiel simboliza la omnipotencia divina. Son dos lenguajes para decir lo mismo.

¿Qué nos dice esto sobre nuestra fe?

Personalmente, este viaje de investigación me hizo reflexionar sobre cómo consumimos espiritualidad. Preferimos la versión domesticada, la que no nos incomoda. Un bebé alado no exige nada. Una criatura de cuatro caras que custodia lo sagrado con fuego y ruedas —sí, Ezequiel también menciona ruedas llameantes— nos recuerda que lo divino es misterio, no mascota.

No digo que debamos eliminar los putti de las iglesias. El arte renacentista es patrimonio de la humanidad. Pero sí creo que merecemos saber la diferencia. Que cuando recemos frente a un querubín, sepamos que estamos ante una tradición milenaria que intenta traducir lo intraducible.

Conclusión

¿Tienen alas los querubines? Sí, pero cuatro, no dos. Y no para volar bonito, sino para cubrir y proteger lo que es sagrado.

La próxima vez que veas un bebé alado en una tarjeta de bautizo, sonríe. Es una hermosa tradición artística. Pero si alguna vez te encuentras frente a la descripción de Ezequiel, no te asustes. Ese es el querubín que custodió el Edén después de la expulsión de Adán y Eva. Ese es el querubín que cubrió el Arca de la Alianza con su sombra. Ese es el querubín que, en su extrañeza, nos recuerda que Dios siempre es más grande de lo que nuestras imágenes pueden contener.


¿Te ha sorprendido esta diferencia entre el querubín bíblico y el popular? ¿Conocías la descripción de Ezequiel? Déjame tu opinión en los comentarios y comparte si crees que más gente debería saberlo.

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